Cuentos para aprender y enseñar matemáticas

Cuentos para aprender y enseñar matemáticas

La imaginación y la creatividad son elementos que deben caracterizar la labor docente; a través de ellos, los profesores pueden diseñar prácticas educativas innovadoras o adaptar algunas actividades para interesar e involucrar a los alumnos en la construcción de su propio aprendizaje.

Si ya ha probado distintas formas de abordar los contenidos de la asignatura de Matemáticas en los primeros grados de educación primaria y no ha tenido buenos resultados, o si los ha tenido pero quiere mejorar los aprendizajes, quizá es momento de recurrir a la narración de historias que faciliten el razonamiento matemático.

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Figura 1. Los cuentos son un excelente recurso didáctico.

Dado que los cuentos estimulan la imaginación de los alumnos puede aprovechar la curiosidad y expectación que se crea en sus estudiantes para mostrarles los conceptos matemáticos de una forma menos abstracta, más divertida y en un contexto más cercano, no relacionado directamente con sus vidas, pero sí mediante algún personaje con el que puedan identificar sucesos cotidianos y que les ayude a responder preguntas frecuentes como “¿para qué voy a utilizar las matemáticas en mi vida?”.

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Figura 2. Las narraciones fortalecen las habilidades del pensamiento matemático como las formas geométricas y la noción espacial.

Hacer uso de los cuentos como herramientas didácticas, promueve en el alumno el desarrollo, la observación, la intuición, la imaginación y el razonamiento favoreciendo el aprendizaje del pensamiento lógico matemático. Así lo confirman los estudios de Hiebert y Carpenter (1992): “las ideas matemáticas se vuelven tangibles cuando pueden ser expresadas o comunicadas mediante representaciones externas en forma hablada, símbolos escritos, dibujos u objetos concretos”. [1]

Otra de las aportaciones pedagógicas de las narraciones consiste en reforzar la confianza en los alumnos sobre sus propias habilidades matemáticas, y disminuir, de esa manera, la ansiedad que les provoca enfrentarse a ese tema.

A continuación se presenta un par de cuentos que pueden ser de utilidad en el aula para la enseñanza de las matemáticas.[2]

 

El Pollito

 

Érase una vez un pollito chiquito y muy bonito que todas las tardes salía de paseo al campo con su mamá gallina. Ella, cariñosa, siempre preguntaba:

–¿Quién es el pollito de plumas amarillas más bonito?

Y él, sonriente, siempre contestaba:

–¡Soy yo, soy yo!

Mamá gallina siempre le advertía que debía tener cuidado porque si pasaba los dos árboles que se encontraban junto al estanque de agua, podía encontrarse con animales muy peligrosos, que podrían hacerle mucho daño.

Un día, mamá gallina no pudo salir a pasear, y el pollito, solito, comenzó a andar y a andar hasta que llegó junto el estanque.

Allí, recordó todo lo que su mamá le decía: “No debes ir más allá de los dos árboles que hay junto al estanque, porque es muy peligroso”.

Sin embargo, el pollito se adentró en el bosque y no hizo caso a su mamá. En el bosque, descubrió árboles de distintos tamaños: altos, medianos y bajos que movían sus hojas con el viento. De repente, se oyó un ruido de pisadas y apareció un zorro con la cara hambrienta que le dijo: “Cerraré los ojos, contaré hasta 3 y si sigues ahí cuando los abra, te comeré… 1, 2, 3″. El pollito, asustado, echó a correr antes de que terminara de contar.

Siguió caminando y de pronto, apareció olfateando una rata de campo con la cara enfadada que le dijo: “Cerraré los ojos, contaré hasta 3 y si sigues ahí cuando los abra, te comeré… 1, 2, 3″. El pollito, más asustado, echó a correr antes de que terminara de contar.

Ya cansado, el pollito siguió caminando y buscando los dos árboles que había junto al estanque para volver a casa. Pero desde lo alto de unas ramas, apareció un cuervo de alas negras moviendo el pico que le dijo: “Cerraré los ojos, contaré hasta 3 y si sigues ahí cuando los abra, te comeré… 1, 2, 3″. El pollito, otra vez asustado, echó a correr antes de que terminara de contar.

Después de caminar durante un rato vio los dos árboles del estanque y fue corriendo hacia ellos para salir de allí.

Junto al estanque estaba mamá gallina, que lo esperaba muy preocupada, pero cuando lo vio llegar, lo abrazó con mucho cariño y también con algo de enfado porque no le había obedecido; sin embargo, estaba tan contenta que sólo le dijo: “Ya no eres un pollito chiquito, pero todavía necesitas estar al lado de mamá”.

Y a partir de este momento, el pollito se despide de este cuento.

 

El número nueve y sus familiares.

 

En el país de los Números Naturales, había muchos ciudadanos, pero todos tenían algo en común: sólo podían relacionarse sumándose y multiplicándose entre ellos para que su país siguiera prosperando. No podían restarse o dividirse, porque si no, serían ciudadanos de otros países.

Todos ellos eran muy positivos y siempre estaban alegres, a excepción de uno de ellos, que era el 9. El 9 estaba preocupado, ya que decía que todos los niños (todos los números naturales de una cifra) le podían quitar algo a él, pero él no podía quitarle nada a los demás. Si el 1 le quitaba al 9, le daba el ciudadano 8. Sin embargo, si el 9 le robaba al 1, le daba un ciudadano de otro país.

Un día se levantó y su tristeza era tan grande, que su madre, la señora 45, le dijo que existían otros países donde él sí podía quitar algo a otros. Entonces el 9 decidió hacer un viaje para visitar y conocer esos otros lugares.

Tras caminar y caminar atravesando bosques de grandes figuras geométricas, donde se encontraban flores muy bonitas como triángulos, cuadrados, y círculos, llegó al país de los Números Enteros.

En este país los ciudadanos se dividían en dos grupos muy parecidos a los del país del número 9: los que eran positivos, que eran los gobernantes y por eso no trabajaban mucho, y los que eran negativos, que constituían la clase obrera y siempre llevaban la caja de herramientas.

Los ciudadanos de este país se relacionaban sumándose, restándose y multiplicándose, pero no se podían dividir, ya que si lo hacían tendrían que irse a otro país, pues los racionales eran los únicos que podían dividirse.

El número 9 se puso muy contento en este país porque podía restarle a otros ciudadanos y además conoció a sus tíos lejanos, que eran la pareja formada por el 20 y el 11.

Ellos tenían un hijo que también era el número 9. Sus tíos le dijeron que si allí estaba sorprendido, caminando por unas laderas donde había unos seres muy raros, los llamados decimales (que se caracterizaban porque siempre llevaban a sus hijos con ellos, y algunos de éstos llevaban gorros), en otro país, el de los racionales, sus ciudadanos se relacionaban de muchas más formas.

Así, el 9 se echó a andar por esas laderas y llegó al país racional. Cuando llegó, se sorprendió al ver que esos ciudadanos se caracterizaban porque eran ecológicos, y para no gastar mucho combustible transportaban a sus compañeros encima de ellos en una especie de tabla. En este país sus habitantes se relacionaban sumándose, restándose, multiplicándose y dividiéndose.

Ahí también encontró a unos familiares suyos, que eran la pareja formada por el 90 y el 10. Estuvo hablando con ellos y les dijo que su familia estaba muy bien.

Después, el 9 volvió a atravesar las laderas de los decimales y el bosque de las figuras geométricas, hasta que llegó a su país. Allí, su madre lo recibió con los brazos abiertos y él empezó a contarle lo que había visto y sobre los familiares que había conocido.

Si quieres saber más de él y de sus mundos, síguele la pista en los próximos cursos.

 

 

El aprendizaje de los conceptos matemáticos se facilita cuando se recurre a actividades lúdicas que despiertan la curiosidad de los alumnos. Considere la narración de los cuentos en el aula como excelentes herramientas didácticas que permiten contextualizar el razonamiento matemático a través de una experiencia creativa.

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[1] Hiebert, James y Thomas Carpenter, apud Luz M. Rivera-Vega, “Contando cuentos. La literatura en la clase de matemática en escuela elemental”, Revista 360º, Ponce, 2010, disponible en: <http://goo.gl/f9eB4t>. (Fecha de consulta: 13 de octubre de 2014).

[2] Noda Herrera, María Aurelia e Inés del Carmen Plasencia Cruz, “La matemática de los cuentos”, Revista Suma, Barcelona, 2004, disponible en: <http://revistasuma.es/IMG/pdf/41/093-101.pdf>. (Fecha de consulta: 13 de octubre de 2014).

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